Noche de hotel.

Aquí estoy. En la habitación de un hotel cualquiera, después de un concierto irrepetible. Tú sigues sin estar y sin ver lo mucho que he andado en las últimas semanas. Que he vuelto a reírme como una vez llegué a hacer.
Un día cualquiera de Abril, después de una noche de desenfreno y, si te soy sincera, con el deseo de dejar de sentir tu abrazo o de que formas parte de mi piel.
Que dejes de dolerme un poco más mañana y te piense un poco menos que ayer. Que la marca de tu herida desaparezca un poco o, al menos, que deje de sangrar y supurar.
Que desde que te has ido, puedo volver a respirar. Dormir. Vivir como el animal indómito que me caracteriza. Que en realidad, me sienta bien. Pero echo de menos los momentos de gritar a pleno pulmón. De correr (no volar) bajo la lluvia sin límite impuesto.
Que los recuerdos de los besos de buenas noches, las caricias compartidas y de verte amanecer, son menos recurrentes desde que que el cuento se acabó y llegó la cruda realidad. Que me echo menos la culpa y me reprocho menos según qué actos. Que he aprendido a quererme más todavía y a que me quieran bien. Sin ausencias, sin pero y sin excusas que no me dejen ser libre.
Que no se si volveré a encontrar a alguien que me haga sentir que he encontrado al indicado, pero por ahora me basta con saber que yo soy mi indicada y que es el acto de mayor libertad que puedo regalarme.

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